Allí estaba de pie. Me di cuenta de que no la había contemplando bien hasta que la vi limpiar desenfrenadamente sus lentes. Tan sola. La recordaba tal cual en mis recuerdos. Pero había cambiado. Para empezar no recordaba que usara lentes la última vez que la había visto. Pero había sido un año desde aquella vez. Desde que muy silenciosamente nos fueramos dicho adiós en aquel salón atestado de gente. Ella frunce el ceño y frunce los labios como siempre lo ha hecho. No ha cambiado tanto. Su cuerpo tiene la misma contextura de siempre. Pero se le nota diferente allí de pie ante estas personas. Se le nota la soledad en su presencia. Levanta la mirada hacia el mostrador. Quisiera saber qué está buscando. Apenas ha llegado y eso es lo que ha hecho. No ha dirigido ni un momento su mirada hacia la multitud que la ignora en sus asientos, absortos en sus conversaciones, en sus vidas. No se ha dignado a dirigir una mirada para buscarme. Y aunque quisiera preguntar por qué no lo ha hecho conozco la respuesta. Tiene miedo. Tiene miedo de no encontrarme aquí, de sentirse dejada, olvidada y plantada. Tiene miedo de encontrarme aquí y que después de todo tengamos que despedirnos nuevamente, quién sabe por cuánto tiempo. Tiene miedo de la incertidumbre que este encuentro genera. Me teme a mí y a lo que es ella a mi lado. Teme a ser feliz de nuevo y que todo le sea arrebatado, otra vez. Me propongo que tal vez debería irme, alejarnos de esto. Pero no puedo simplemente marcharne ahora que la he visto. Tan sola frente al mostrador. Ahora veo su indecisión en su postura. Puedo escuchar sus pensamientos debatirse en si debe salir huyendo o en si debe afrontar esa parte de ella que me llevé conmigo. Sé que puedo verla tomar una decisión y sin siquiera pensarlo estoy de pie pronunciando su nombre. Su nombre que siempre fue mi falta de aliento, el dulce néctar en mi boca y las púas en mi lengua el tiempo que estuve lejos. Ella se ha quedado inmovil como el resto del mundo a nuestro alrededor. La veo volverse poco a poco, dudando de cada movimiento. Entonces levanta su rostro hacia mí y veo sus ojos enterrados en los míos. Entonces todo mi cuerpo reacciona. Sí, así se sentía amarla.
Crónicas de una mente aburrida.
lunes, 2 de junio de 2014
2/6
Él ni nadie la vio nunca levantar sus ojos del libro y mirarlo mientras sonreía. Pero cuando él murió era ella la que lloró junto al ataud.
viernes, 8 de febrero de 2013
No sé cómo llamarle. Brown eyes? ... 31/01/13
Le contemplé anhelante. Llevaba aproximadamente más de diez minutos contemplando el libro al final de la estantería. No me movía, simplemente le contemplaba. Le anhelaba, le quería, le admiraba. Pero no debía comprarlo, el dinero debía ser para otra cosa. Otra cosa de la cual me había olvidado para venir a plantarme frente a la estantería a contemplarle.
De súbito, alcé la mirada, Allí frente a mí, a través de la estantería, entre los libros, había un par de ojos marrones contemplándome fijamente. No aparté la vista ni un segundo. Quedé como en trance mirándolos. ¿Acaso había expresado con palabras mi aprensión por el libro como para llamar la atención del joven que me miraba desde fuera del recinto de estanterías de libros? Estaba allí parado en la sección de materiales mirando a través de la estantería hasta mis ojos, hasta mis pensamientos, hasta mi alma. De pronto, tan repentinamente como había aparecido, se volvió a su izquierda y siguió caminando entre las estanterías de materiales. Me quedé mirándole fijamente, sin moverme, memorizando los pequeños rasgos que podía distinguir de su perfil, mientras se alejaba. Al cabo de unos minutos de soledad. Me agaché y tomé el libro entre mis manos, y salí disparada hasta la registradora a pocos pasos del recinto de estanterías de libros, dónde había estado hace unos segundos. Me dispuse a pagar mientras miraba a mi alrededor en busca del desconocido joven. No había pasado suficiente tiempo como para que se marchara, y si así fuera, desde mi sitio entre los libros debía haberlo visto salir. Le pregunté al único dependiente de la tienda por el joven. Y un tanto extrañado me contestó que yo había sido la única cliente en las últimas cuatro horas. Me entregó el libro, al cual abracé contra mi pecho y salí de allí.
No sentí miedo mientras salía de la tienda. No sentí horror al recordar los vívidos ojos marrones que me observaban. Simplemente sentí tristeza mientras me aferraba al libro, porque reconocía esos ojos.
Fotografía: La eternidad del bosque.
Puede que esto no te importe. Fue un exámen de castellano. Teníamos que escribir un cuento sobre muerte y la selva. Pero a mi la selva no me inspira. Chequéa lo que hice.
Caminaba por el sendero a casa, atravesando el bosque que dividía los suburbios y el instituto. Ya casi había finalizado el día, y el sol se ocultaba entre las nubes, despidiéndose del mundo lleno de angustías y dolores. Yo lo veía desaparecer entre los altos árboles, éstos no hacían ruido. Los abetos y pinos estaban inmoviles, amenazantes y altos se posaban sobre mí. Pero entre el silencio y la oscuridad creciente, en el bosque, se oían distantes los sonidos de los animales silvestres; el dulce cantar de los pajaritos y el caminar de las ardillas entre los árboles. Se sentía paz y tranquilidad. Y era el final perfecto para un día sensacional. Me detuve. Y me senté en un tronco, ya a pocos metros del final del sendero. Podía observar los autos y personas que pasaban cerca de allí. Me sentía en paz y tranquila. Y sin notarlo una gota cristalina se deslizó por mi mejilla hasta mi barbilla. Estaba llorando, aunque sonreía...
Ahí estaba él, recostado sobre la portería, típico de una tarde de verano. Sonreía como de costumbre e iluminaba todoa mi vida con su animo partícular. Se parecía al "David" de Miguel Ángel, posado allí como una estatua perfecta. Lo había amado como un amigo siempre. Pero desde unos meses para acá había acariciado mi mejilla con amor, había clavado sus ojos en los míos y había robado todos los besos de mi arsenal. Lo amaba como a nadie.
...Me había vuelto un mar de lágrimas, sobre aquel viejo tronco. Su mirada aún calentaba mis ojos y mis mejillas se sonrojaban. Sentí por un instante su mano sobre mi hombro y me volví. Recordé, entonces, dónde me encontraba. Si, en el frío, cruel, vacío y oscuro bosque de la vida. Maldije mil veces aquel día de otoño cuando se despidió de mí, en éste mismo tronco. Me alejé como una idiota y lo dejé aquí, aquí donde nunca nadie lo vería, aquí donde daría su último suspiro. Su foto salió en el diario. El fotógrafo, el asesino más nombrado, había encontrado otra victima en el bosque, Charles Swit, mi Charles, había muerto desangrado.
Continuaba llorando cuando aferré mis manos al tronco y toqué una sustancia pegajosa aún existente. Miré mis manos y contemplé la sangre de Charles en mí. Cerré mis ojos y me sumí en la perdición y el vacío. Di mi último suspiro y me dispuse a acompañar a Charles en la eternidad. El fotógrafo había encontrado otra victima, una chica en el bosque. Su daga atravesó mi cuerpo y el flash marcó mi último segundo en la tierra.
¿Quieres ir al paraíso?
Debo admitir que lloré mientras escribía esta historia. Nacida de una inspiración inesperada. Una historia desde mi corazón para el mundo.
Cuando ellos me encontraron pensaron que habían llegado al paraíso. Lo que no sabían era que yo estaba a miles de kilometros de allí. Él no era aceptado por el paraíso ni por las gentes que vivían allí. Y cuando él desapareció decidí huir de mi hogar, ya que no significaba eso más para mí. Cuando me hallaba cerca de él, me hería como duele el paraíso, y no había dolor en mi felicidad. Pero sin él, mi hogar no era más que un dolor que me mataba. Y no me importó abandonarlo todo para sucumbir en el desierto. Cuando ellos me encontraron pensaron que habían llegado al paraíso. Y me dejé encarcelar pues ya nada me importaba. Pero el paraíso no estaba cerca y tal vez nunca lo encontrarían...
Él era perfecto, pero de una raza nunca aceptada en mi hogar. Lo conocí muy joven y en el mismo instante en que lo vi a los ojos, supe la guerra que se desataría en mi pueblo. Pero lo amaba de una manera incondicional. Y todo el mal que lo nuestro pudiera causar en aquel momento no me importó. Pero yo no sabía que terminaría tan mal. Nunca imaginé que moriría en mis manos y se llevaría mi alma con él. Quedé vagando sola entre la vida y la muerte. Sin él. Más de una vez, creí haber muerto; pues veía sus ojos grises frente a mí. Y su voz cortaba el viento en mis oídos. Pero no había muerto, eso lo descubrí cuando ellos aparecieron. El paraíso era la vida que todos los hombres buscaban, pocos supieron donde encontrarla. Mi amor, por ejemplo. Pero mi gente nativa no aceptaba a los hombres y los mataba sin compasión si alguno se acercaba a alguno de nosotros. Estos extraños no eran más que ladrones que nunca encontrarían algo aunque lo tuviesen ante sus narices. Y el sufrimiento que me hicieron pasar no valía nada ante la pérdida de mi amor. Había perdido casi todo cuando ellos me encontraron. Mis ojos ya no brillaban, mi rostro parecía el de un zombie, mis alas estaban casi muertas, la belleza que caracterizaba a un ángel se había esfumado, me veía gris no inmaculada. Ahora era humana, tras haber cruzado la linea había perdido todo lo mío y no era nadie. Mi nombre, el viento ya no lo cantaba como lo hacía antes en Primavera. Dios me miraba desde lo alto, muy triste. Me veía descender hasta el infierno. Y yo me quemaba constantemente al sol del desierto. La enfermedad nunca atacó a mi pueblo, pero ahora yo sucumbía ante ellas. En un tiempo lejano pude haber guiado a cualquier hombre a mi hogar, al paraíso. Pero ahora que moría sólo podía llevarlos al infierno, ya nunca podría regresar a mi hogar. Estaba perdida. Mis alas morirían pronto. Y el último indicio de mi antigua vida se iría. ¡Cuánto olvidaba mi presente, cuánto vivía en los recuerdos de mi pasado! Benditos los años con mi amado. Bendito mi Dios, que me hizo feliz. Tal vez debí seguir con Él, en mi hogar y no hacerlo triste con mi partida. Tal vez Él me habría ayudado a volver con mi amado, pues no había nada que odiara más que esas muertes vacías, y no hay nada imposible para Él. Oh, mi Dios cuánto lo amaba.
Los extraños me llevaban en una especie de carruaje, nunca igual a los de mi hogar. Atada en la oscuridad. Llena de morados. Muerta de hambre. Pero nada importaba. En aquel camino algunas veces alguien entraba en el pequeño lugar e intentaba hacerme hablar. Me hacían tomar agua. Y me azotaban, al ver que no respondía. Supongo que no encontraron más remedio que volver a lo que llamaban su hogar. Un pequeño conjunto de tiendas en medio del desierto. Donde había niños y mujeres. Pero no tenían mucha diferencia conmigo. También eran maltratados por aquellos hombres. Al principio pensé que eran familiares de aquel grupo de ladrones, hasta que noté cómo atacaban a algunos hombres y cómo separaban las familias para sacrificar a alguien. Terminé dándome cuenta que eran un pueblo encarcelado por los ladrones. También eran prisioneros del destino amargo. Sólo los de corazón puro eran dignos de encontrar el paraíso. Los extraños debieron escuchar aquella leyenda, y al encontrar la oportunidad de conocer a aquel pequeño pueblo lleno de gente dulce y humilde, y lleno de niños; pensaron que tendrían lo necesario para llegar a mi antiguo hogar. Y ahora aparecía yo ante su camino. Un ángel perdido.
Me tuvieron oculta del pueblo durante mucho tiempo hasta que al notar que no podrían hacerme hablar, decidieron mostrarme ante todos. El sol brillaba más fuerte aquel día. Me arrojaron fuera de la tienda donde me escondieron de todos desde el día que llegué. Muchos sonidos de asombro resonaron entre el aterrado pueblo, algunos maldijeron a los ladrones, muchas mujeres lloraron y los niños cerraron sus ojos. Un ángel de Dios, maltratado por hombres. La vista debió de ser horrible. Una criatura que supone ser la más hermosa de todas las creaciones, la más inmaculada; destruida ante los pies de los hijos de Dios. Una mujer se tiró al suelo, y gritó entre sollozos lo que se entendió por una suplica desesperada del perdón de Dios. Aquella mujer fue retirada entre forcejeos y arrastrada por el suelo, lejos de allí donde perdió su vida cruelmente. Un niño gritó y lloró al fondo de la pequeña multitud. Y un instante después estuvo de primero ante mí. El niño lloraba de dolor, ya que el hombre que lo había traído le estrangulaba el brazo pidiéndole que se callara, que su madre no volvería y que tenía que hablar conmigo para poder ser libre. Solté una lágrima. Aquel niño tenía los mismos ojos de mi amado. Grises y brillantes. Listos para dejar la niñez y aprender a amar. Él sin duda encontraría el paraíso. El niño se acercó, cautivado por mi lágrima y me pasó su pequeño dedo por la herida mejilla y recogió mi lágrima. La conservó en su dedo hasta que la gota cayó al suelo y con un pequeño resplandor se perdió en la arena. Todo se paralizó para mí. Y lloré en silencio mientras miles de lágrimas bajaban corriendo por mi mejilla. El niño se asustó y dio un paso atrás. El silencio invadió el circulo. El calor de la arena me quemaba los miembros. Entonces aparté la mirada del niño y pensé en mi amado. En su cabeza en mi regazo. En sus lágrimas. En su amor. El cielo fue gris aquel momento, gris manchado de rojo. Y mis lágrimas bañaron el rostros de mi amado sumido en el dolor y la agonía de la muerte. Mi amor moría. Y yo no lo entendía. Un mar rojo nos rodeaba. Y el mundo había dejado de girar. ¿Cómo pudo pasar? Acaricié su rostro con mi débil mano. Y me juró su amor eterno. Alzo su mano y tomo mi rostro y lo acercó al suyo sellando el último segundo de su vida con un beso eterno. El mundo permanecía igual de inmóvil en aquel momento en el desierto, mientras contemplaba el rostro del niño. Este ángel no podía hacer nada por él. Yo moría, y él moriría si yo no lo sacaba de allí. Y los ojos de mi amado quedarían perdidos para siempre. De repente un hombre me tomó del brazo y sin hacer esfuerzo me arrastró hasta la tienda. Yo veía como el niño se alejaba de mí. Y yo no quería eso. El hombre me arrojó dentro de la tienda y se dispuso a irse cuando hablé. Mi voz no era la misma, el peso de los años del desierto hablaban. Mi voz dulce y musical había desaparecido para ser sustituida por un hilo de voz quebrado. Le pedí que se detuviera. Que me trajera al niño. Y así, él los guiaría al paraíso. Los ojos del hombre brillaron de excitación, pero mantuvo su semblante serio. Y desapareció de la tienda. El niño sustituyó al hombre en un instante. Sus ojos brillaban de miedo, en su tostado rostro. Era perfecto, tan parecido a mi amado. Sonreí para que el niño no se sintiera intimidado. Su rostro no cambió, pero se sentó frente a mí. Me transporté a las tardes de Verano en mi hogar. Los árboles de oro llenos de frutos. Las flores en su punto perfecto. Y mi amado entre el paisaje. Su voz en mi cuello. Sus brazos en mi cintura. Mi felicidad desbordada. Perfecto. El niño suavizó su mirada y me habló en un idioma que nunca había escuchado. Pero lo entendí, al menos esa gracia aún no la había perdido. Supe desde aquel momento que tenía un discipulo al que no podría abandonar. Alguien a quien guiaría hasta mi hogar. Y al menos uno de los dos se salvaría de una muerte segura. Lo tomé de la mano y le dije que lo que a partir de ese momento él escuchara se convertiría en su salvación y en la liberación de mi alma. Y con un apretón quedó sellado mi destino.
El tiempo transcurrió sin que lo notara. Mientras el niño estaba conmigo era como revivir cada uno de mis recuerdos. Sus ojos, su tez, su voz. Me transportaban a mis años de felicidad. Y con el tiempo olvidé haber partido del paraíso. Mi tiempo se volcó y se transformó al tiempo de mis días de juventud. Donde lo que hoy era, mañana sería. Y lo que mañana sería, ayer fue. Tenerlo conmigo significo revivir a mi amado y a mi alma, a pesar de que seguía muriendo. Le enseñé todo lo que necesitaba saber. Y con el tiempo mi niño creció. Y ya estaba listo para huir. Sólo tenía que conseguir sacarlo de esta cárcel y así él podría seguir el horizonte durante siete días y así el camino que lo llevaría a mi hogar. Él lo sabía. Y cuando los ladrones partieron en busca de agua llegó nuestro momento de actuar. Lo miré a los ojos una vez más. Sujeté su rostro entre mis manos. Y le pedí a Dios que lo llevara con bien. El pueblo se iría con él. Sería el salvador de su pueblo y el salvador de mi alma. Me miró con tristeza, como un hijo cuando sabe que tiene que partir sin mirar atrás. Las palabras estaban de más y aún así soltó un corto gracias acompañado de una lágrima, la cual tomé tal cual como él hizo conmigo. Y el resplandor de ésta fue más brillante. Le tomé la mano como alguien que suplica y lo entendí todo cuando le dije que en cuanto viera lo que tanto había esperado ver no esperara mucho más, que no esperara la guerra, y la tomara como suya y se marchara lo más pronto posible. Donde ella esté estará tu paraíso. Y solté su mano y lo vi partir.
Cuando ellos me encontraron pensaron que habían llegado al paraíso. Pero simplemente habían hallado su perdición...
Lo conocí muy joven y en el mismo instante en que lo vi a sus ojos grises, supe la guerra que se desataría en mi pueblo. Pero lo amaba de una manera incondicional. Y todo el mal que lo nuestro pudiera causar en aquel momento no me importó. Y menos en aquel momento, antes que la guerra se desatara, en que me propuso huir al desierto y vivir junto a él para siempre. Porque dónde él estuviera, estaría mi paraíso. Y así, tanto había luchado Dios para que pasara.
Los extraños me llevaban en una especie de carruaje, nunca igual a los de mi hogar. Atada en la oscuridad. Llena de morados. Muerta de hambre. Pero nada importaba. En aquel camino algunas veces alguien entraba en el pequeño lugar e intentaba hacerme hablar. Me hacían tomar agua. Y me azotaban, al ver que no respondía. Supongo que no encontraron más remedio que volver a lo que llamaban su hogar. Un pequeño conjunto de tiendas en medio del desierto. Donde había niños y mujeres. Pero no tenían mucha diferencia conmigo. También eran maltratados por aquellos hombres. Al principio pensé que eran familiares de aquel grupo de ladrones, hasta que noté cómo atacaban a algunos hombres y cómo separaban las familias para sacrificar a alguien. Terminé dándome cuenta que eran un pueblo encarcelado por los ladrones. También eran prisioneros del destino amargo. Sólo los de corazón puro eran dignos de encontrar el paraíso. Los extraños debieron escuchar aquella leyenda, y al encontrar la oportunidad de conocer a aquel pequeño pueblo lleno de gente dulce y humilde, y lleno de niños; pensaron que tendrían lo necesario para llegar a mi antiguo hogar. Y ahora aparecía yo ante su camino. Un ángel perdido.
Me tuvieron oculta del pueblo durante mucho tiempo hasta que al notar que no podrían hacerme hablar, decidieron mostrarme ante todos. El sol brillaba más fuerte aquel día. Me arrojaron fuera de la tienda donde me escondieron de todos desde el día que llegué. Muchos sonidos de asombro resonaron entre el aterrado pueblo, algunos maldijeron a los ladrones, muchas mujeres lloraron y los niños cerraron sus ojos. Un ángel de Dios, maltratado por hombres. La vista debió de ser horrible. Una criatura que supone ser la más hermosa de todas las creaciones, la más inmaculada; destruida ante los pies de los hijos de Dios. Una mujer se tiró al suelo, y gritó entre sollozos lo que se entendió por una suplica desesperada del perdón de Dios. Aquella mujer fue retirada entre forcejeos y arrastrada por el suelo, lejos de allí donde perdió su vida cruelmente. Un niño gritó y lloró al fondo de la pequeña multitud. Y un instante después estuvo de primero ante mí. El niño lloraba de dolor, ya que el hombre que lo había traído le estrangulaba el brazo pidiéndole que se callara, que su madre no volvería y que tenía que hablar conmigo para poder ser libre. Solté una lágrima. Aquel niño tenía los mismos ojos de mi amado. Grises y brillantes. Listos para dejar la niñez y aprender a amar. Él sin duda encontraría el paraíso. El niño se acercó, cautivado por mi lágrima y me pasó su pequeño dedo por la herida mejilla y recogió mi lágrima. La conservó en su dedo hasta que la gota cayó al suelo y con un pequeño resplandor se perdió en la arena. Todo se paralizó para mí. Y lloré en silencio mientras miles de lágrimas bajaban corriendo por mi mejilla. El niño se asustó y dio un paso atrás. El silencio invadió el circulo. El calor de la arena me quemaba los miembros. Entonces aparté la mirada del niño y pensé en mi amado. En su cabeza en mi regazo. En sus lágrimas. En su amor. El cielo fue gris aquel momento, gris manchado de rojo. Y mis lágrimas bañaron el rostros de mi amado sumido en el dolor y la agonía de la muerte. Mi amor moría. Y yo no lo entendía. Un mar rojo nos rodeaba. Y el mundo había dejado de girar. ¿Cómo pudo pasar? Acaricié su rostro con mi débil mano. Y me juró su amor eterno. Alzo su mano y tomo mi rostro y lo acercó al suyo sellando el último segundo de su vida con un beso eterno. El mundo permanecía igual de inmóvil en aquel momento en el desierto, mientras contemplaba el rostro del niño. Este ángel no podía hacer nada por él. Yo moría, y él moriría si yo no lo sacaba de allí. Y los ojos de mi amado quedarían perdidos para siempre. De repente un hombre me tomó del brazo y sin hacer esfuerzo me arrastró hasta la tienda. Yo veía como el niño se alejaba de mí. Y yo no quería eso. El hombre me arrojó dentro de la tienda y se dispuso a irse cuando hablé. Mi voz no era la misma, el peso de los años del desierto hablaban. Mi voz dulce y musical había desaparecido para ser sustituida por un hilo de voz quebrado. Le pedí que se detuviera. Que me trajera al niño. Y así, él los guiaría al paraíso. Los ojos del hombre brillaron de excitación, pero mantuvo su semblante serio. Y desapareció de la tienda. El niño sustituyó al hombre en un instante. Sus ojos brillaban de miedo, en su tostado rostro. Era perfecto, tan parecido a mi amado. Sonreí para que el niño no se sintiera intimidado. Su rostro no cambió, pero se sentó frente a mí. Me transporté a las tardes de Verano en mi hogar. Los árboles de oro llenos de frutos. Las flores en su punto perfecto. Y mi amado entre el paisaje. Su voz en mi cuello. Sus brazos en mi cintura. Mi felicidad desbordada. Perfecto. El niño suavizó su mirada y me habló en un idioma que nunca había escuchado. Pero lo entendí, al menos esa gracia aún no la había perdido. Supe desde aquel momento que tenía un discipulo al que no podría abandonar. Alguien a quien guiaría hasta mi hogar. Y al menos uno de los dos se salvaría de una muerte segura. Lo tomé de la mano y le dije que lo que a partir de ese momento él escuchara se convertiría en su salvación y en la liberación de mi alma. Y con un apretón quedó sellado mi destino.
El tiempo transcurrió sin que lo notara. Mientras el niño estaba conmigo era como revivir cada uno de mis recuerdos. Sus ojos, su tez, su voz. Me transportaban a mis años de felicidad. Y con el tiempo olvidé haber partido del paraíso. Mi tiempo se volcó y se transformó al tiempo de mis días de juventud. Donde lo que hoy era, mañana sería. Y lo que mañana sería, ayer fue. Tenerlo conmigo significo revivir a mi amado y a mi alma, a pesar de que seguía muriendo. Le enseñé todo lo que necesitaba saber. Y con el tiempo mi niño creció. Y ya estaba listo para huir. Sólo tenía que conseguir sacarlo de esta cárcel y así él podría seguir el horizonte durante siete días y así el camino que lo llevaría a mi hogar. Él lo sabía. Y cuando los ladrones partieron en busca de agua llegó nuestro momento de actuar. Lo miré a los ojos una vez más. Sujeté su rostro entre mis manos. Y le pedí a Dios que lo llevara con bien. El pueblo se iría con él. Sería el salvador de su pueblo y el salvador de mi alma. Me miró con tristeza, como un hijo cuando sabe que tiene que partir sin mirar atrás. Las palabras estaban de más y aún así soltó un corto gracias acompañado de una lágrima, la cual tomé tal cual como él hizo conmigo. Y el resplandor de ésta fue más brillante. Le tomé la mano como alguien que suplica y lo entendí todo cuando le dije que en cuanto viera lo que tanto había esperado ver no esperara mucho más, que no esperara la guerra, y la tomara como suya y se marchara lo más pronto posible. Donde ella esté estará tu paraíso. Y solté su mano y lo vi partir.
Cuando ellos me encontraron pensaron que habían llegado al paraíso. Pero simplemente habían hallado su perdición...
Lo conocí muy joven y en el mismo instante en que lo vi a sus ojos grises, supe la guerra que se desataría en mi pueblo. Pero lo amaba de una manera incondicional. Y todo el mal que lo nuestro pudiera causar en aquel momento no me importó. Y menos en aquel momento, antes que la guerra se desatara, en que me propuso huir al desierto y vivir junto a él para siempre. Porque dónde él estuviera, estaría mi paraíso. Y así, tanto había luchado Dios para que pasara.
Las gotas en la ventana...
Lo típico siempre ha sido ver cómo se deslizan las gotas de lluvia por mi ventana. Y el imaginar los momentos que merecen lavarse con el agua. Las canciones que resuenan en el cuarto simplemente no ayudan a olvidar lo que no se quiere recordar. Si, estamos en esas épocas de cielos grises que deberían ser azules. En esos momentos en que el pasto está mojado y no deslumbrando la belleza de la primavera. Cuando los pájaros pían desde sus nidos en vez de volar por los cielos frente a la ventana que se desangra en agua. Cuando los cielos no muestran a los astros, sino que los castigan tras las nubes. Cuando todo parece frío, lúgubre y triste. Cuando llueve...
Despierto entre una densa neblina, típica del alba, que me cubre los ojos y me evita desilusionarme de mis actos. Despierto pensando en lo que no debió pasar. Despierto sin extrañar al sol.
Las montañas se moldean a los días, y los días a las montañas bañadas en nubes, y a las montañas sin nubes. El azul me marea hasta enamorarme y las nubes me enloquecen de tanta belleza. Estoy atrapada en un huracán de lluvia sin temor, sin dolor, sin pérdida. Incomunicada con el mundo que me rodea; comunicada con el viento en mi rostro. Las sonrisas más lindas son las que las gotas de agua forman en mi ventana mientras miro el crepúsculo atrapado entre nubes. Mientras el amarillo seduce, el naranja sonroja y el rojo apasiona, y junto al rosa y el morado contraído a las sombras, se despide el sol de la tierra lluviosa a la que no pudo mirar ni calentar mucho tiempo más que cuando las nubes flotaban hacia un lado.
El viento frío me corta la mejilla cuando la roza. Pero la sensación de frescura y hogar, merecen cada cortada. De vez en cuando, el calor típico de este lugar regresa para anunciarnos la llegada de mas lluvia. Y es justo en ese instante de sudoración, cuando deseo huir desenfrenadamente y refugiarme en la oscuridad del centro de la montaña, ocultarme del sol que me quema y me dilata. Pero luego vuelven las gotas a mi ventana.
Proyecto en mente. ¿Con suerte? No lo creo.
Chapter one.
Siglo XVII. Inglaterra.
-Julieta- Gritó el hombre de la máscara, mientras iba en pos de la chica.
Ella huía de su perseguidor. Corría colina abajo por los campos de los Hettler, una familia poderosa con grandes hectáreas de terreno, en el condado de Devon. Tierras bastante lejos de su hogar. Acercándose cada vez más a los acantilados que marcaban el final de la propiedad.
Julieta lloraba. Sabía bien que estaba cerca el final. Su final. Sólo deseaba estar a salvo. Sólo deseaba nunca haberse entrometido. Sólo deseaba que su perseguidor se detuviera.
Pero los deseos no se hacen realidad. Y Julieta murió asesinada por el hombre de la máscara que arrojó su cadáver al mar, desde la cima de los acantilados. Y nunca nadie supo que Julieta había muerto ahí, y nunca encontraron su cuerpo ni sus deseos...
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